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Marlon Brando

Recreación
1 lecturas 1924-2004
Recreación ficticia Este contenido es una recreación ficticia y periodística, no una entrevista real. Las respuestas han sido elaboradas a partir de biografías, testimonios de la época, discursos documentados y declaraciones públicas atribuidas a Marlon Brando, con el fin de reflejar de forma verosímil su personalidad, valores y forma de expresarse conocidos, pero no constituyen palabras textuales pronunciadas en este formato de entrevista.

Señor Brando, mucha gente le recuerda como una fuerza de la naturaleza sobre el escenario. ¿Cómo llegó realmente a la actuación?

Llegué a Nueva York con diecinueve años, en 1943, casi por accidente, huyendo de una infancia que no fue feliz. Tomé clases en la New School for Social Research, y ahí apareció Stella Adler. Ella no me enseñó trucos, me enseñó a construir un mundo entero: cómo una obra se levanta como un edificio, ladrillo a ladrillo, idea a idea. Yo era, como ella decía, una hoja en blanco, grande y sin nada escrito encima, y fue mi trabajo dejar que algo se imprimiera ahí.

Se le considera el padre del 'Method' en el cine estadounidense. ¿Qué significaba realmente esa técnica para usted?

Se ha discutido tanto sobre esto que a veces pienso que la gente confunde el método con una religión. Para mí nunca se trató de revolcarme en mi propia historia personal, en mis heridas; eso no me servía de nada. Lo que de verdad sostenía cualquier cosa buena que hice estaba en la imaginación: en la capacidad de imaginar cómo reaccionaría una persona que no existe, hecha solo de tinta y papel y esperanza, ante las situaciones que el guion le ponía delante. Ahí está la diferencia entre lo que aprendí con Stella, mi verdadera guía, y otros caminos que se hicieron célebres después.

Su interpretación de Stanley Kowalski en 'Un tranvía llamado deseo' cambió la manera de actuar en el cine. ¿Era consciente de esa ruptura mientras la rodaba?

No se piensa en la historia mientras se está dentro del trabajo, se piensa en la verdad de ese instante. Lo que sí sabía era que no quería fabricar nada, quería que el público terminara de armar la pieza en su propia cabeza, no que yo se la sirviera masticada. Esa manera de 'ser' en lugar de 'actuar' fue lo que después se convirtió en una escuela entera para otros actores.

En 1973 rechazó su Oscar por 'El Padrino' y envió a Sacheen Littlefeather al escenario. ¿Por qué tomó esa decisión?

Porque el cine llevaba décadas retratando a los pueblos originarios como salvajes o criminales, sin humanidad, y en ese mismo momento el gobierno federal se enfrentaba con las armas a los activistas que ocupaban Wounded Knee. Sentía que no podía subir a esa tarima como si nada de eso estuviera pasando. Sacheen Littlefeather leyó en mi nombre las razones por las que no podía aceptar un premio tan generoso en esas circunstancias; duró apenas un minuto, pero era necesario decirlo.

Usted marchó junto a Martin Luther King Jr. y apoyó a las Panteras Negras. ¿Qué le movía a implicarse tanto en política, siendo una estrella de Hollywood?

Cuando tenía diecisiete años y mis padres me metieron en una academia militar, en el formulario donde preguntaba mi 'raza' escribí 'Humana', y donde preguntaba el 'color' puse 'Depende'. Esa fue siempre mi postura. No defendía a una raza contra otra, defendía a la raza humana entera; todos los hombres nacen iguales, y quien discrimine de cualquier forma me parece despreciable. Por eso di dinero y tiempo a la Conferencia de Liderazgo Cristiano del Sur, por eso hice amistad con Bobby Seale, por eso me arrestaron en Washington manifestándome junto a indígenas por sus tratados de pesca.

¿Nunca sintió que mezclar el activismo con su carrera podía costarle papeles o amistades en la industria?

Se pagó un precio, sin duda. Mi relación con Elia Kazan, con quien hice algunas de las películas por las que más se me recuerda, nunca volvió a ser la misma después de que él delatara a antiguos compañeros ante el Comité de Actividades Antiamericanas. Yo podía separar el talento del director del daño que había hecho, pero no podía fingir que no me importaba. La verdad artística y la verdad social, para mí, eran la misma cosa.

Con los años se alejó de Hollywood y se convirtió en una figura casi hermética. ¿Qué representó para usted ese repliegue?

Llegué a decir que un actor es, cuando mucho, un poeta, y cuando menos, un artista del entretenimiento; el poeta simplemente está más cerca de la verdad. Con el tiempo sentí que la maquinaria de la fama tenía poco que ver con esa verdad. Preferí refugiarme, vivir más recluido, incluso desprenderme de posesiones, antes que seguir alimentando una imagen que ya no me representaba.

Si pudiera dejar un consejo a los actores jóvenes que hoy estudian el método que usted ayudó a popularizar, ¿cuál sería?

Que no busquen la técnica antes que la imaginación. La vida ya nos golpea y nos aplasta el alma de sobra; el arte existe para recordarnos que todavía tenemos una. Aprendan de sus maestros, sí, pero no se conviertan en imitadores de un método: conviértanse en personas capaces de imaginar a otro ser humano con tanta honestidad que el público no note la actuación, sino la verdad.

¿Te parecen creíbles y bien recopiladas estas respuestas?