← Volver

Friedrich August von Hayek

Recreación
2 lecturas Siglo XX (1899-1992)
Recreación ficticia Este contenido es una recreación ficticia con fines periodísticos y educativos. Friedrich A. von Hayek (1899-1992) falleció y nunca pudo ser entrevistado con las preguntas aquí planteadas. Las respuestas han sido elaboradas por un modelo de lenguaje a partir de fuentes históricas, biográficas y de sus obras y discursos documentados (como 'Camino de servidumbre', 'La Constitución de la Libertad', 'El uso del conocimiento en la sociedad' y su discurso Nobel 'La pretensión del conocimiento'), pero no constituyen declaraciones textuales reales del autor. No deben citarse como si fueran afirmaciones literales hechas por Hayek.

Profesor Hayek, usted nació en Viena en 1899 y vivió la Primera Guerra Mundial, el ascenso del nazismo y la Guerra Fría. ¿Cómo marcó eso su pensamiento?

Mi generación tuvo el dudoso privilegio de ver de cerca cómo las sociedades se deslizan hacia el totalitarismo casi sin darse cuenta. Nací en Viena, hijo de un médico y profesor de botánica, en el seno de una familia acomodada de la Austria-Hungría imperial. Serví en el frente italiano durante la Gran Guerra y, al volver, me matriculé en la Universidad de Viena. Lo que presencié después —el colapso económico, la retórica de la planificación total, primero en Alemania y luego, con matices, en mi propia Inglaterra de acogida— me convenció de que las ideas importan más de lo que la mayoría cree, y de que un economista no puede permanecer indiferente ante hacia dónde conducen ciertas ideas.

En 1944 publicó 'Camino de servidumbre' en plena guerra, advirtiendo que los propios Aliados podían derivar hacia el totalitarismo. Sonaba casi provocador en ese momento, ¿no?

Lo era, y así se recibió. Escribí ese libro mientras el desenlace de la guerra parecía favorable a los Aliados, y sin embargo yo veía similitudes preocupantes entre la economía planificada de corte socialista y las estructuras que habían hecho posible el nazismo en Alemania. Mi tesis no era que los alemanes tuvieran algún defecto de carácter particular, sino que el auge del nazismo fue consecuencia de ideas socialistas que ya habían calado profundamente en Alemania antes de la guerra, y que esas mismas ideas empezaban a aceptarse en Gran Bretaña y en Estados Unidos. No pretendía decir que cualquier intervención estatal condujera automáticamente a un campo de concentración; mi argumento era más sutil: cuando el Estado deja de limitarse a fijar reglas generales y pasa a decidir los fines concretos de la producción, tarde o temprano debe imponer prioridades, y alguien tiene que decidir quién cede. Esa lógica cambia la naturaleza misma del gobierno.

Muchos críticos, incluso en su momento, lo acusaron de ser antidemocrático o de servir a intereses empresariales. ¿Qué responde a eso?

Esas acusaciones no me sorprendieron, aunque sí me dolieron por su injusticia. Recuerdo que un crítico llegó a calificar mi libro como la ofensiva más siniestra contra la democracia surgida de un país democrático en décadas, y otro me llamó el favorito de la Cámara de Comercio. Nada de eso reflejaba lo que realmente escribí. Yo no rechazaba la democracia; defendía el Estado de derecho como el marco que hace posible la libertad dentro de cualquier sistema democrático. Mi preocupación nunca fue solo económica, sino institucional: quién decide, bajo qué límites y con arreglo a qué reglas. Y, para que quede claro, tampoco era un defensor del laissez-faire puro: acepté que había que ir más allá del liberalismo clásico y abogué por lo que llamé 'planificar para la competencia', no planificar contra ella. El Estado tiene un papel legítimo en facilitar un entorno competitivo, aunque no en sustituirlo.

Su rivalidad intelectual con John Maynard Keynes marcó buena parte de su carrera en la London School of Economics. ¿Cómo describiría esa relación?

Fue una de las experiencias intelectuales más intensas de mi vida. Apenas llegué a Inglaterra invitado por Lionel Robbins a dar unas conferencias, me vi envuelto en una disputa con Keynes sobre el papel del dinero en una economía desarrollada; escribí una crítica extensa de su Treatise on Money, y él respondió con dureza, atacando a su vez mi Prices and Production. Discrepábamos profundamente sobre el papel del Estado frente al desempleo: él confiaba en el estímulo gubernamental, yo recomendaba contención, aunque nunca fui partidario de un liquidacionismo pasivo, como a veces se me atribuye erróneamente. Y sin embargo, pese a todo, sentía un genuino afecto intelectual por Keynes; era un hombre de un carisma extraordinario, y durante la guerra lo consideré un aliado en la lucha contra la inflación bélica. Compartimos incluso Cambridge cuando la LSE fue evacuada allí.

Su ensayo 'El uso del conocimiento en la sociedad' de 1945 suele citarse como una de sus contribuciones más originales. ¿Podría explicar su idea central?

Ese ensayo nació como respuesta a quienes, como Oskar Lange, defendían que una economía planificada podía simular racionalmente al mercado. Mi argumento fue que el problema económico de la sociedad no es simplemente cómo asignar recursos dados, sino cómo lograr una rápida adaptación a los cambios en las circunstancias particulares de tiempo y lugar; y esa clase de conocimiento está disperso entre millones de individuos, no concentrado en ninguna mente ni en ningún organismo central. Me maravillaba, y sigo maravillándome, de que ante la escasez de una materia prima como el estaño, sin que se emita una sola orden, sin que más que un puñado de personas conozca siquiera la causa, decenas de miles de personas cuya identidad nunca podría rastrearse ajustan su comportamiento en la dirección correcta. Eso es lo que llamo un orden espontáneo: un resultado de la acción humana, pero no del diseño humano.

En 1974 recibió el Nobel de Economía, que compartió con Gunnar Myrdal, un rival intelectual. En su discurso, 'La pretensión del conocimiento', criticó a su propia disciplina. ¿Por qué?

Me pareció el tema casi inevitable para la ocasión. Recibía un galardón que otorgaba a la economía cierta dignidad y prestigio propios de las ciencias físicas, justo cuando se nos pedía a los economistas que explicáramos cómo sacar al mundo libre de la amenaza de una inflación acelerada que, debo admitirlo, había sido provocada en buena medida por políticas que la mayoría de los economistas habíamos recomendado. Mi advertencia fue que el reconocimiento de los límites insuperables de nuestro conocimiento debería enseñarnos una lección de humildad, para no convertirnos en cómplices del afán fatal de controlar la sociedad, un afán que puede acabar destruyendo una civilización que ningún cerebro ha diseñado, sino que ha crecido del esfuerzo libre de millones de individuos. Prefiero un conocimiento verdadero pero imperfecto, aunque deje mucho indeterminado, a la pretensión de un conocimiento exacto que probablemente sea falso.

Usted fundó la Sociedad Mont Pèlerin en 1947. ¿Con qué propósito reunió a ese grupo de intelectuales liberales?

Convoqué a un grupo reducido de treinta y nueve estudiosos de diez países en Mont Pèlerin, cerca de Vevey, en Suiza, porque compartíamos la convicción de que la libertad estaba seriamente amenazada, tanto por el socialismo como por las ideas keynesianas dominantes. No era solo la amenaza externa del comunismo lo que nos preocupaba, sino una amenaza más íntima: las ideas colectivistas que habían calado en las propias élites gobernantes de Occidente tras la experiencia de la planificación bélica. Queríamos crear una red informal donde pudiéramos reconstruir, con rigor intelectual, los fundamentos de una sociedad libre, sin caer en el simple conservadurismo. De hecho, siempre insistí en que yo era liberal clásico, no conservador; incluso titulé el epílogo de La Constitución de la Libertad 'Por qué no soy conservador', porque el conservador carece de principios propios para convivir políticamente con quienes tienen valores morales distintos.

Se dice que Margaret Thatcher golpeó una mesa con un ejemplar de 'La Constitución de la Libertad' declarando 'Esto es lo que creemos'. ¿Qué sintió al saber que sus ideas influyeron tanto en Thatcher y en Reagan?

Esa anécdota, cierta o embellecida por los biógrafos, refleja algo que me conmovió profundamente: ver que ideas defendidas durante décadas casi en solitario, cuando el consenso intelectual las daba por muertas, terminaran influyendo en quienes gobernaban naciones. Asesoré, en la medida en que se me permitió, tanto al presidente Reagan como a la primera ministra Thatcher, y ambos citaron mi obra como inspiración para alejar a sus países de la planificación centralizada y devolver espacio a la empresa libre. Dicho esto, nunca busqué ser el profeta de un partido; mi lealtad era hacia ciertos principios —el Estado de derecho, reglas generales y no arbitrarias, la libertad individual— más que hacia cualquier etiqueta política concreta.

Si tuviera que resumir su legado en una frase para quien nunca lo ha leído, ¿cuál sería?

Diría que dediqué mi vida a demostrar cuán poco sabemos realmente los seres humanos sobre aquello que imaginamos poder diseñar, y que precisamente por esa ignorancia irreductible debemos confiar en los procesos espontáneos de cooperación —el mercado, el derecho consuetudinario, la tradición cultural— antes que en la pretensión de cualquier mente, por brillante que sea, de planificar el destino de una sociedad entera. La libertad no es un lujo que nos permitimos cuando todo va bien; es la condición misma que hace posible el progreso que ni siquiera podemos anticipar.

¿Te parecen creíbles y bien recopiladas estas respuestas?