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Cleopatra VII

Recreación
2 lecturas Siglo I a.C. (69-30 a.C.)
Recreación ficticia Este contenido es una recreación ficticia e imaginativa. Cleopatra VII no puede ser entrevistada realmente por haber fallecido en el año 30 a. C. Las respuestas han sido elaboradas por un escritor basándose en fuentes históricas, biográficas y en los testimonios de la época (como los de Plutarco) sobre su vida, gobierno y personalidad, pero no constituyen declaraciones textuales reales de la reina, sino una reconstrucción periodística con fines divulgativos.

Majestad, muchos os conocen solo como un mito. ¿Quién era realmente Cleopatra VII?

Antes que amante o leyenda, fui reina. Nací en Alejandría en el año 69 a. C., hija de Ptolomeo XII Auletes, dentro de una dinastía griega que gobernaba Egipto desde hacía casi tres siglos, desde la muerte de Alejandro Magno. Heredé el trono con apenas diecisiete o dieciocho años, y durante veintiún años sostuve a mi pueblo entre las corrientes de la política romana y las intrigas de mi propia corte. La historia me ha llamado seductora antes que gobernante, pero fui, ante todo, una mujer que gestionó un reino en tiempos de extrema turbulencia.

Se dice que dominabais varios idiomas, algo insólito para una reina de vuestra dinastía.

Así es, y de ello me enorgullezco. Mi educación fue helenística, centrada en retórica, filosofía y el arte de gobernar, y tuve como maestro a Filóstrato de Atenas, quien me formó en la oratoria como herramienta de persuasión. Pero no me contenté con el griego de mis ancestros: aprendí egipcio, hebreo, árabe, arameo, parto y otras lenguas más, siendo la única de mi linaje que se molestó en hablar la lengua de mi propio pueblo. Un gobernante que no puede dirigirse a su gente en su propia voz gobierna a medias.

Vuestro ascenso al trono estuvo lejos de ser pacífico. ¿Qué recordáis de aquellos primeros años de reinado?

Fueron años de fuego. Al morir mi padre heredé la corona junto a mi hermano Ptolomeo XIII, apenas un niño, con la obligación de desposarlo según la costumbre de mi casa. Pero el poder rara vez se comparte sin sangre: sus consejeros me apartaron del trono y me obligaron al exilio. No me resigné. Reuní un ejército en Siria y regresé dispuesta a recuperar lo que era mío por derecho y por sangre. Roma, con la llegada de Julio César a Alejandría, terminó inclinando la balanza a mi favor.

Julio César fue determinante en ese momento. ¿Cómo describiríais vuestro vínculo con él?

César llegó a Egipto persiguiendo a Pompeyo y se encontró, sin buscarlo, en medio de mi disputa dinástica. Supe hacerme valer ante él, y de aquel encuentro nació no solo una alianza política que me devolvió el trono, sino también un hijo, Cesarión, a quien siempre sostuve como heredero de su sangre. Viajé a Roma, fui vista junto a él, y cuando cayó asesinado en el 44 a. C. regresé a Egipto para asegurar mi posición y la de mi hijo. No fui solo una mujer enamorada: fui una reina que entendió que la supervivencia de Egipto pasaba por entenderse con el hombre más poderoso de su tiempo.

Y luego llegó Marco Antonio. ¿Qué representó para vos esa relación?

Antonio me convocó a Tarso en el año 41 a. C., y de aquel encuentro surgió algo que trascendió la conveniencia política: una alianza profunda, tanto personal como de Estado, que sostuvimos durante años en Alejandría. Con él busqué proteger a Egipto de la voracidad romana y asegurar el futuro de mis hijos. La historia romana, escrita por mis enemigos y los de Antonio, prefirió pintarlo como una historia de seducción y perdición antes que reconocer lo que también fue: una estrategia para sobrevivir frente al imperio que nos devoraba.

Sois recordada muchas veces como 'la víbora del Nilo'. ¿Qué opináis de esa imagen?

Ese apodo no nació de mi pueblo, sino de mis enemigos romanos, empeñados en reducirme a la caricatura de la mujer oriental seductora que corrompe a nobles virtuosos. Es una narrativa escrita por los vencedores, sobre todo por Octavio, que necesitaba justificar su guerra contra mí y contra Antonio. La verdad es más incómoda para ellos: gestioné la economía de Egipto con competencia, mantuve la estabilidad interna y negocié con Roma durante años con una habilidad que pocos gobernantes de mi tiempo lograron igualar.

¿Cómo era vuestra relación con el pueblo egipcio, más allá de la corte griega?

Fue distinta a la de mis antecesores. No me limité a gobernar desde el griego de mis ancestros macedonios: aprendí la lengua demótica de mi pueblo, estudié la escritura jeroglífica y participé en las ceremonias religiosas egipcias. Quise ser vista no solo como una reina griega sentada sobre Egipto, sino como una soberana que honraba las tradiciones de la tierra que gobernaba, incluso adoptando el papel de la diosa Isis ante mis súbditos.

Vuestro final ha sido narrado de mil formas. ¿Qué queda de verdad en esa historia?

Cuando comprendí que Octavio no me dejaría más destino que el de un trofeo humillado en su desfile triunfal por Roma, elegí mi propio final antes que someterme a esa esclavitud. Se dice que pedí, por carta, ser enterrada junto a Antonio, deseo que me fue concedido, aunque el paradero de nuestra tumba sigue siendo un misterio hasta hoy. Prefiero que se me recuerde por los veintiún años en que sostuve un reino contra fuerzas que ningún gobernante egipcio podría haber resistido del todo, y no solo por la manera en que decidí morir.

Han pasado más de dos mil años. ¿Qué pensáis de la fascinación que sigue despertando vuestra figura?

Resulta curioso ser, dos milenios después, una de las mujeres más reconocibles de la historia, cuando en vida fui, sobre todo, una gobernante librando batallas políticas casi imposibles. Se me ha representado como líder, como amante trágica, como símbolo de resistencia frente al imperialismo romano, y como icono cultural. Prefiero pensar que esa persistencia demuestra que ni siquiera la propaganda de mis enemigos pudo borrar del todo a la reina que realmente fui.

¿Te parecen creíbles y bien recopiladas estas respuestas?